Gracias, adiós

Agradecer y soltar. Un mantra para un nuevo tiempo.

Abrazar con pasión este momento y dejarlo ir, disfrutar intensamente de las olas de vida en el instante en que llegan y permitir que sigan su camino. Acompañar y estar acompañado en esa parte del viaje y dejar que cada uno escoja el sendero que más le guste cuando así lo decida.

No podemos bloquear el fluir de un río así como tampoco detener el aire del que dependemos para vivir. Si pretendemos retener el agua que nos da la vida, se estancará y será nuestro verdugo. El aire que encerráramos en una habitación para asegurarnos nuestro invisible sustento vital, tarde o temprano nos acabaría asfixiando.

Ser uno con todo lo que la vida nos trae, sentirnos en paz y en armonía con lo que tenemos, lo que hemos atraído, lo que la vida nos ha puesto delante. Sabernos merecedores de todo lo bueno que hay a nuestro alrededor, de lo que somos, de las personas que nos rodean, las experiencias, las vivencias. Valorar la salud, nuestras riquezas, lo que disfrutamos, los hijos, nuestra propia alegría. Pero sin retener, sin quedarnos ahí, sin hacer valedores de nuestra felicidad ni a los objetos que nos rodean ni a las personas que creemos son «nuestras» y «dependen» de nosotros.

Retener es ir en contra de la creación, de su movimiento, del constante cambio y evolución. Cuando sujetas algo que te hace sentir bien y que no quieres perder, estás provocando ya la pérdida, porque estás generando la inmovilidad, te estás agarrando a algo o alguien como garante de tu estado anímico y paralizas el normal desarrollo de la vida misma. Le otorgas el poder de hacerte feliz y le anclas a un falso trono de responsabilidad sobre ti mismo.

Cuando intentas retener la belleza y el aroma de una rosa capturándola y llevándotela para ti, lo primero que ella hará será protegerse y te mostrará su cara más espinosa, pero si insistes y la capturas, acabará marchitándose. Lo que te atrajo de ella que es solamente su propia naturaleza acabará con ambos. Durante una tiempo será tuya si, pero tu no lograrás ser mejor por tenerla cerca, no te dará la belleza, porque la belleza es estar a su lado y contemplarla. Ella no puede ofrecértela a menos que siempre sea ella sin condiciones, sin ataduras. Morirá y tu recibirás una dosis más de ansiedad al darte cuenta de nuevo de lo irreal de tu pretensión, perderte en la fantasía de las formas, asirte a una ilusión perecedera creada por la mente para encontrar un atisbo de sentido e identificación. Por no poder encontrar la belleza en el aire, por no poder encontrar la belleza que hay en ti.

Retener es resignarse, conformarse, alimentar la baja autoestima, creer que esto es lo mejor que puedo encontrar en la vida. Es miedo a perder, miedo a no saber quiénes somos, miedo a proyectarnos en nuestra propia vida, a ser, a dejarnos llevar, a permitir que algo nuevo suceda, a darnos y abrirnos a la tan a menudo «ansiada» libertad, de la que enseguida huimos cuando viene acompañada de su eterna amiga, la inevitable y agria soledad y de su mano, el encuentro con uno mismo.

Rodeados de duda, inseguridad, temor a enfrentarse a los nuevos acontecimientos por la propia desconfianza en nosotros, porque ya hemos sido «engañados» otras veces y hemos sufrido, porque no nos hemos sabido manejar en esas situaciones que se nos han presentado y lo hemos pasado mal. Por eso tenemos miedo y preservamos, paralizamos, bloqueamos las situaciones y a las personas en nuestro propio beneficio, o eso creemos. Más cómodo, más fácil, pero irreal, contra natura, un espejismo de nuestro ego, nuestra controladora mente que se aferra a los objetos y las personas para que le otorguen estabilidad y le garanticen al menos durante un tiempo una pequeña tregua en la perenne sensación de vacío que la  acompaña.

Pero cuando normalmente las cosas cambien, las personas, las situaciones, el nivel económico, la salud, los hijos, … nuestro inestable mundo construido en base a unos cimientos que no nos pertenecen y nunca lo han hecho se desplomará de nuevo, no sabremos quiénes somos, no seremos nada, porque nunca hemos construido desde dentro hacia fuera, sino desde fuera hacia dentro. La armadura se rompe a pedazos, se estresa, enferma, se enfada, llora, grita, patalea. El niño ha perdido su juguete y no ha aprendido a jugar solo.

No nos tenemos miedo, nos tenemos pavor, huimos constantemente, nos escapamos, proyectamos para poder hacer responsable a algo o alguien de nuestra insatisfacción. Y como al final eso también falla, añoramos en el futuro la solución y felicidad que no somos capaces de encontrar en el presente. Así eternamente porque esa felicidad nunca llega, no se encuentra ahí, el Santo Grial está más cerca de lo que nos atrevemos a mirar, por eso casi todos padecemos de vista cansada, cansada de mirar y no encontrar. Casualmente lo que está más cerca es lo que peor vemos, o lo que no queremos ver.

A cuántas personas necesitamos manejar? ¿Cuántas situaciones? ¿Cuántos miedos necesitamos esconder? ¿Por cuánto tiempo? ¿De qué huimos?

Esas son las preguntas que en realidad deberíamos hacernos cuando sentimos la necesidad de impedir que la vida (léase personas, acontecimientos, momentos, estados anímicos o de relación, familia, …) sea como quiere ser, cuando no dejamos que se exprese como quiera, cuando les juzgamos y pretendemos que sigan haciendo lo mismo, que todo siga igual, que hagan lo que yo considero que deberían hacer, que el mundo deje de girar.

Si, es posible que encontremos alguien maravilloso, alguien con quien deseamos estar, que nos llena, nos completa y está muy bien, somos seres que necesitamos relacionarnos para sentirnos mejor, para amplificarnos. Pero precisamente en ese momento es cuando deberemos tomar distancia, dar un paso atrás alejarnos y observar, porque en el momento en el que proyectemos en él nuestra felicidad, estaremos perdidos de nuevo, estaremos llamando a la infelicidad. Si intentamos retener ese momento o esa persona, tarde o temprano se pudrirá. Relacionarse no es retener ni inmovilizar, es acompañar en el caminar.

Cuando demos con algo que nos da lo que aún no tenemos, es el momento de mirar hacia dentro y descubrir qué me da esa persona que yo no me puedo dar, que todavía no me he dado. Y mientras está a mi lado, disfrutar, llenarnos juntos, vivir el sendero, como peregrinos en un peregrinaje. Aprender con ella de mi mismo y jamás desear que sea de una manera diferente, porque siendo como es ha conseguido enseñarme a mi cómo soy yo.

Porque yo soy la felicidad, yo soy quien me debo acompañar a cada instante, es con quien vivo todo el día, soy mi mejor amigo y mi mejor amante. Yo soy de quien debo aprender, a quien debo conocer. Yo soy el objetivo de la vida, el cetro, el trono. El cielo está en mi, así como también el infierno.

Agradecer todo lo que me sucede, porque todo es para mi, todo es un regalo y acompañarlo en su fluir.

Agradecerme todo lo que soy y estar conmigo mientras la vida pasa a través de mi y me acuna con todo el amor que tiene para darme, y dejarme llevar, fluir también, confiar, compartir.

Dar gracias y soltar, como cada respiración, cada soplo de aire, cada latido. Gracias a la vida que me ha dado tanto…